Un torno tiene un límite físico que no depende de lo bien que tornees: el barro que puedes centrar es el que puedes abrazar y sujetar contra su propio giro. Pasada esa cantidad, la pieza se descentra sola. Por eso casi toda la cerámica que se ve en un taller cabe entre las dos manos, y por eso una tinaja de un metro no sale de ahí.
El urdido no tiene ese límite porque no depende de la fuerza: se sube por tramos, se deja secar lo justo entre uno y otro, y la pieza sostiene su propio peso mientras endurece. El techo lo ponen el tiempo, la paciencia y el tamaño del horno. Es la razón por la que las piezas de gran formato —vasijas de más de un metro, cuencos que no caben en una mesa— se siguen haciendo así hoy, igual que hace tres mil años.
Y es también la razón por la que quien lleva tiempo modelando lo pasa bien en un curso de éstos aunque venga con oficio: el gran formato no es lo mismo a lo grande, es otra cosa. El barro se comporta distinto, el secado deja de ser un detalle y pasa a ser la mitad del trabajo, y hay que aprender a leer una pared para saber si aguanta otra vuelta o no.
En estos cuatro días cada persona se lleva sus propias piezas, de hasta 50 cm de alto por 55 de ancho: el tamaño que da tiempo a levantar y a secar en un curso, y el que cabe en el horno del taller.