Por qué celebrarlo en un taller de cerámica
Un cumpleaños de niños se resuelve casi siempre igual: un sitio con hinchables, una hora de correr y una bolsa de chuches al salir. Funciona, y a los diez minutos nadie se acuerda de qué pasó. Lo que cambia en un taller es que al final del día hay una cosa que no había al principio, y la hizo el niño con las manos.
Las tres horas no son de estar quieto. Se amasa, se golpea el barro contra la mesa, se pinta y se ensucia todo el mundo. Lo que sí hay es una cosa que en una fiesta al uso no suele haber, que es un rato largo de concentración: cuando un grupo de ocho niños se pone a modelar, el ruido baja solo.
Y hay una parte práctica que los padres agradecen: el grupo está sentado, en un sitio cerrado, con una profe delante y con todo el material puesto. No hay que organizar nada más que la tarta.


